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La aventura cinémana

Primera manifestación pública de su cinefilia: FrancoisTruffaut decide fundar un cine-club en octubre de 1948, el Cercle Cinémane [Círculo Cinémano]. A Robert Lachenay le nombra, visto y no visto, secretario general y administrador: a sus dieciocho años tiene que responsabilizarse incluso de la tesorería. Truffaut se reserva el título de director artístico. Lo primero es encontrar una sala. Para ello, logra convencer al señor Marcellin, propietario del Cluny-Palace, situado en el boulevard Saint-Germain. El precio del alquiler son cuatro mil francos por sesión, los domingos por la mañana. Para conseguir copias, Truffaut recurre a la Cinemateca Francesa. Para la primera sesión, prevista para el domingo 31 de octubre a las diez y cuarto de la mañana, Henri Langlois accede a prestarle dos cortometrajes: Entr'acte de Rene Clair y Un perro andaluz [Un Chien andalón} de Luis Buñuel. El joven intenta conseguir también un largome-traje, Le Sangd'unpoete de Jean Cocteau, pero se opone a ello la Federación Francesa de Cine-Clubes, a la que Truffaut se había negado a afiliarse y a pagar el alquiler de películas. Por su parte, Langlois desea ayudarle, así como otros cinefilos, a liberarse de esa tutela prestándole gratuitamente sus copias, cortocircuitando de ese modo la red oficial de cine-clubes. Pero, al no poder oponerse a la poderosa federación, que está bajo influencia comunista, éste se ve forzado a renunciar a sus deseos, y niega el préstamo de Le Sang d'un poete a Truffaut. La sesión inaugural del Cercle Cinémane se anuncia incierta. En el último instante, Truffaut la retrasa hasta el domingo 14 de noviembre, albergando aún esperanzas de llegar a convencer a Henri Langlois. Este le avisa en una carta fechada el 4 de noviembre: «Dado su amor por el cine, permítame decirle que comete un error al lanzarse, sin ayuda, a una empresa como la que me expone usted. El litigio que separa a la Cinemateca Francesa de la Federación Francesa de Cine-Clubes en lo que respecta al préstamo de películas no es una cuestión de personas o de política, sino sencillamente una imposibilidad jurídica que obliga a la Cinemateca, a pesar de todo su interés en seguir siendo un organismo vivo, a contemplar, en calidad de convidada de piedra, las actividades de los cine-clubes».27 Truffaut no ceja en su empeño y escribe ajean Cocteau en persona, invitándole a presenciar su película, cuya copia deberá traer el propio Cocteau. En los alrededores del Cluny-Palace aparecen unos cuantos cartelitos en las paredes y otros pocos se distribuyen en los cine-clubes del barrio, anunciando, para esa primera sesión, la proyección de Le Sang d'un poete «con asistencia del director». Como es obvio, el programa causa sensación: escuchar a Cocteau se consideraba un gran privilegio. Tras la proyección de los dos cortometrajes de Rene Clair y Buñuel, el centenar de espectadores presentes aguardan con impaciencia la llegada de Cocteau. Pero, enseguida se aperciben del engaño y la sesión está a punto de acabar en motín. Truffaut y Lachenay consiguen arreglárselas para no devolver íntegramente el dinero a los espectadores, pero el Cercle Cinémane pierde buena parte de su credibilidad. La recaudación llega, no obstante, para pagar el alquiler de la sala. Incluso queda un beneficio de mil francos, y el señor Marcellin consiente en repetir la experiencia a pesar de las quejas de los espectadores.

Las deudas que Truffaut va acumulando para poder pagar las sesiones semanales y el alquiler de las películas amenazan el equilibrio financiero del cine-club. El joven tiene un acuerdo con el jefe del servicio cinematográfico de Les Eclaireurs de France, el señor Guillard, compañero de su padre, para alquilar, aplazando el pago, copias a la MGM sin tener que pasar por la Federación de Cine-Clubes. Les Eclaireurs de France abonan el precio del alquiler con antelación y Truffaut se compromete a devolvérselo con la recaudación de las sesiones matinales de los domingos. Ese mismo sistema es el que utiliza para pagar al señor Marcellin, propietario del Cluny-Palace. Pero las deudas se acumulan: ocho mil francos después de la segunda sesión del domingo 21 de noviembre dedicada a Barreaux blancs, y siete mil quinientos francos después de la del 28 de noviembre, con el Ben-Hur de Fred Niblo... Truffaut se ve obligado a buscar soluciones para poder hacer frente a todos los pagos. Pero las circunstancias juegan en contra suya. Desde finales de junio, es decir, cinco meses antes, ya no trabaja en la empresa Simpére, se había despedido de ella harto de un trabajo duro, tedioso y repetitivo, con doce mil francos de indemnización en el bolsillo, que le habían permitido iniciar la financiación de su cine-club. Desde entonces, trabaja en una librería-papelería que está cerca de la Comédie-Francaise, La Paix chez soi, en la que gana menos dinero. No informa de su nueva situación a sus padres, que le suponen trabajando en Simpére, dado que Francois continúa enviándoles una parte de su sueldo junto con recibos de nómina falsos que llevan en el encabezamiento el nombre de la empresa Simpére. Janine y Roland Truffaut ignoran que ese

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dinero procede de préstamos, y que Francois había sustraído los recibos antes de abandonar la empresa. Para ellos, a pesar de lo que consideran como una pasión desorbitada por el cine, Francois sigue su camino sin demasiados problemas. Lo cual está lejos de la realidad, como lo demuestra un episodio que tiene lugar a mediados de septiembre: una máquina de escribir desaparece misteriosamente de la oficina de Roland Truffaut, en Les Eclaireurs de France, ubicada en la Rué de la Chaussée-d'Antin. El autor del hurto es Francois, que se apodera de ella una tarde mientras Robert espía las idas y venidas del vigilante nocturno. La máquina es vendida dos días después ajacques Enfer,28 un amigo cinefilo mayor que ellos, por la suma de cuatro mil francos, lo que sirve para financiar, en parte, las primeras sesiones del Cercle Cinémane. A pesar de haber vendido algunos libros, de haber pedido dinero prestado al librero de La Paix chez soi y a la señora Bigey, la abuela de Robert, Truffaut no logra, desgraciadamente, cancelar sus deudas.

La sesión del domingo 28 de noviembre en la que Truffaut y Lachenay proyectan Ben-Hur de Fred Niblo es un fracaso. Truffaut se ve obligado a confesárselo al propietario del Cluny, justificándolo con una competencia demasiado fuerte de los otros cine-clubes. En efecto, ese mismo día y a la misma hora, el cine-club Travail et Culture, una asociación de militan-tismo cultural, está en plena sesión. Animado por André Bazin, a ese cine-club siempre acuden espectadores en todas las sesiones a escuchar al brillante crítico y pedagogo. Truffaut, que no se amedrenta ante nada, decide ir a ver a Bazin con la intención de convencerle para que cambie las fechas y las sesiones.

El martes 30 de noviembre de 1948, se dirige a la sede de la asociación Travail et Culture, ubicada en la Rué des Beaux-Arts, del barrio de Saint-Germain-des-Prés, y sube al segundo piso. Allí, pide ver a André Bazin. Por supuesto, Truffaut ignora hasta qué punto esta entrevista va a ser decisiva en su vida. Comprensivo, de una generosidad espontánea, Bazin hace gala de toda su simpatía ante el fogoso y cinefilo joven. El hombre que conoce Truffaut en aquel humilde despachito de Travail et Culture tiene treinta años. Delgado, ligeramente encorvado, de mirada chispeante, Bazin es por aquel entonces el banderín de enganche de los jóvenes críticos.29 Sus artículos en Le Parisién liberé le otorgan una notoriedad que va más allá incluso del círculo de cinefilos, por lo que ese despacho en el que redacta cada día sus apuntes sobre las películas que presenta en distintos cine-clubes es un lugar de paso muy frecuentado. Para Truffaut, ese lugar se convertirá en una nueva escuela de cine, donde se encuentra, al azar de sus idas y venidas, con Alain Resnais, miembro activo del cine-club de la Maison des Lettres, Remo Forlani, o Chris Marker, el joven director de la revista Doc, editada por la asociación Peuple et Culture, Alexandre Astruc, autor de una primera novela que no pasa desapercibida, publicada por Gallimard en 1945, Les tacanees, cronista habitual de Les Temps modernes, pero con la mirada puesta ya en el cine. Allí trabaja también Janine Kirsch, futura esposa de André Bazin y ayudante de Jeanne Mathieu, que se encarga de la sección de teatro en el seno de la organización. Bazin se entrega a fondo al militantismo cultural hasta que su salud acaba resintiéndose. Responsable de la sección cinematográfica de Travail et Culture, contribuye a la apertura de cine-clubes en colegios o en algunas grandes fábricas de París y del cercano extrarradio. Católico, también colabora en la revista Esprit, de Emmanuel Mounier. El cine es para él la llave maestra de la nueva educación dirigida a los hombres que están reponiéndose de las desgracias de la guerra. El «derecho de acceso a la cultura en igualdad», que figura en los estatutos de Travail et Culture, y la educación popular, están en el corazón de muchos proyectos militantes tras la Liberación —de ahí que Bazin conceda en esos momentos tanta importancia al cine—, y también ese mesianismo que tanto sus amigos como sus adversarios reconocen en André Bazin.

Por el pescuezo

Apenas sale del despacho de Travail et Culture, Truffaut tiene que volver a poner los pies en el suelo, pues sus deudas no se han evaporado. Dos días más tarde, el señor Guillard, jefe de la sección cinematográfica de Les Eclaireurs de France, se queja a su compañero Roland Truffaut. Cuando éste se entera de que su hijo debe la suma de siete mil ochocientos cincuenta francos se queda estupefacto. El 2 de diciembre por la noche, Roland espera a Francois en el domicilio familiar para pedirle explicaciones. La discusión es violenta. Roland obliga a su hijo a confesarle todo. Al final, propone a su hijo hacer borrón y cuenta nueva si éste abandona definitivamente sus ruinosas actividades con el Cercle Cinémane y vuelve al camino recto con un trabajo fijo, con una situación

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estable y le obliga a detallar por escrito, con pelos y señales, cada una de sus faltas y de sus deudas: «Declaro bajo juramento que todo lo que sigue es cierto. Dejé mi empleo en Simpére hace cinco meses habiendo presentado, mediante falsificaciones, recibos de nómina y salario. He vendido libros a la librería-papelería La Paix chez soi. He robado una máquina de escribir de los locales de Les Eclaireurs de France y se la he revendido a Jacques Enfer en septiembre de 1948 por cuatro mil francos. Debo al señor Prévost ochocientos cincuenta y cinco francos; a la señora Bigey, diez mil quinientos francos; al señor Marcellin, dos mil quinientos francos; al señor Guillard, siete mil ochocientos cincuenta francos; a La Paix chez soi, dos mil quinientos francos; a Chenille, doscientos cincuenta francos; a Geneviéve, ciento cincuenta francos».30 Humillado y derrotado, el adolescente firma el doloroso reconocimiento de deudas y Roland Truffaut paga uno por uno a todos los acreedores la suma total de veinticuatro mil seiscientos cinco francos, equivalente entonces a algo más de un mes de su salario, aproximadamente.

Por obligación (las películas ya están reservadas y la publicidad en la calle), por inconsciencia o por afán de provocación, el adolescente programa tres nuevas sesiones del Cercle Cinémane en el Cluny-Palace: La Cindadela [The Citade¡\, de King Vidor, para el 5 de diciembre; Hombres intrépidos [The Long Voyage Home], de John Ford, para el 8; y para el 11, una de sus películas preferidas: El cuarto mandamiento, de Orson Welles. Como colofón a la última sesión, Francois pone un anuncio en L'Ecranfrant¡ais, en el que anuncia que «los periodistas y los alumnos del Idhec están cordial-mente invitados». El propio Francois, acompañado por Lachenay, se dirige a la sede de la MGM para recoger las películas de Vidor y de Ford, con la promesa de regresar al día siguiente con los cinco mil francos correspondientes al alquiler de la primera de ellas. Con sesenta espectadores habría bastado para pagar los gastos, pero aquel domingo 5 de diciembre sólo hay unos veinte. Al llegar el martes y no haber pagado, la MGM avisa al señor Guillard, que transmite la queja a Roland Truffaut. Harto de todo, éste decide cortar el asunto por lo sano.

La noche del 7 de diciembre, el adolescente está ilocalizable. Pero Roland sabe dónde encontrarle: al día siguiente a las cinco y media de la tarde, en el Cluny-Palace, justo antes de la sesión dedicada a John Ford. En el vestíbulo, mientras Francois está con unos amigos entre los cuales se encuentra Robert Lachenay, Roland Truffaut «le cae encima agarrándole del cuello de la camisa para llevárselo, sin olvidarse de decirnos que tardaríamos mucho tiempo en volver a vernos y en poder volver a hacer nuestras payasadas»,31 recuerda Robert, que asiste a la escena con lágrimas en los ojos. El padre se lleva al hijo, que está como ausente, de vuelta a casa. Janine deja las manos libres a su marido. Hace mucho que el porvenir de su hijo le trae sin cuidado, sólo lo ve en ciertas ocasiones, cuando va a comer con ellos, y sus visitas suelen estar salpicadas por violentas discusiones. Las palabras suben de tono y, hacia las nueve de la noche, Roland Truffaut lleva a Francois a la comisaría más próxima, la de la Rué Ballu. Allí, apoyando su demanda en la carta-confesión firmada por Francois pocos días antes, su padre solicita que sea internado en un centro de reclusión para jóvenes delincuentes. Los policías toman nota de su denuncia y se dan por enterados del documento que da fe de las distintas mentiras, robos y deudas del adolescente. Una vez cumplimentada la solicitud, Roland Truffaut abandona solo la comisaría, dejando a su hijo en buenas manos. Francois pasa allí la noche, es trasladado de la celda principal a otra más pequeña, individual, con el fin de hacer sitio a tres prostitutas en situación irregular. En el trayecto, divisa a lo lejos a su amigo Robert, que está intentando defenderle en vano. Ahora deberá esperar la confirmación de su detención por el juez de distrito. Truffaut aguarda pacientemente durante un día entero en su celda; luego pasará una noche más durmiendo sobre un jergón: treinta y dos horas en una comisaría pequeña, a doscientos metros del domicilio paterno, hasta el amanecer del 10 de diciembre, cuando, junto con otros cuatro presos, es trasladado en coche celular a los calabozos de la Cité, en la prefectura de policía de París. Después de haber sufrido los humillantes rituales propios de toda detención —ficha policial, fotografías, huellas dactilares y registro—, el adolescente pasa dos días más a la espera de que se tome una decisión sobre su destino. El sábado a última hora de la tarde Francois es trasladado al centro de observación de menores de París de Villejuif, en la Avenue de la République, a dos pasos de la porte d'Italie. Allí, le someten a más vejaciones: depósito de su ropa de civil en el registro del centro, entrega de un uniforme, asignación de un dormitorio, los primeros golpes que le propina uno de los guardias con una regla... Francois Truffaut descubre la ley «paternocrática» del Código Civil francés, cuyos artículos 375 y 377 estipulan que: «El padre que tenga motivos de descontento muy graves acerca de la conducta de un hijo, dispondrá de la siguiente facultad correctiva: [...] Desde los dieciséis años

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cumplidos hasta la mayoría de edad o la emancipación, el padre podrá requerir la detención de su hijo por un máximo de seis meses».

Delincuente juvenil

Apenas es encerrado en Villejuif, Francois Truffaut recibe autorización para escribir a sus padres, a sabiendas de que las cartas enviadas o recibidas serán abiertas y leídas por el censor. Su primera carta («Queridos papá y mamá») la escribe sin odio ni emoción; es puramente práctica. Sólo pide a sus padres algo de mermelada y sus apuntes sobre Charlie Chaplin y Orson Welles. Roland y Janine no entienden esa «falta, totalmente cínica, de nostalgia y de remordimiento»32 e interpretan su frialdad como un nuevo desafío, por lo que no efectuarán ninguna visita a Villefuif hasta pasados dos meses.

El centro de observación de menores es un enorme caserón resguardado del exterior por unos muros grisáceos muy altos. Posee un patio bastante amplio, triste y gris, para las tablas de gimnasia, casi militares, que hacen los adolescentes bajo el mando de los educadores. Tiene aulas, un comedor y un dormitorio; lugares estrechamente vigilados en donde los castigos corporales y las humillaciones morales están a la orden del día. El adolescente conservará en su memoria una Navidad patética: «aquella noche me dieron cuatro o cinco barquillos, una onza de chocolate, una mandarina y algún que otro golpecito»,33 escribe a su madre. Luego, desde enero hasta primeros de marzo de 1949, Francois Truffaut pasará la mayor parte del tiempo en régimen de aislamiento. Así, celebrará su diecisiete cumpleaños encerrado en una celda del 5 al 8 de febrero por haber intentado evadirse y por «proferir insultos graves a un educador», no pudiendo, ni tan siquiera, recibir la primera visita de su madre. Poco después es enviado a la enfermería al haber detectado los médicos unos gérmenes de sífilis en su sangre, a los pocos días de su llegada a Villejuif. Tal vez habría que buscar las causas de la infección en las frecuentes visitas de Francois al burdel de la Rué de Navarin o en la promiscuidad de sus relaciones sexuales. Al terminar la guerra, la sífilis minaba la salud de la gente con sus chancros y podía llevar, en casos extremos, a la parálisis y a la muerte —«la Parca que roe con su diente maldito», escribía Baudelaire—, pero ahora es una enfermedad relativamente común. Se cura mejor desde principios de los años cuarenta, gracias a la penicilina. El 11 de enero, Truffaut ingresa en la enfermería para un primer interna-miento de una semana. Programa: siete inyecciones diarias, cada tres horas, a partir de las seis de la mañana. Después, otros dos días más, a finales de enero y luego del 28 de febrero al 5 de marzo, hasta tal punto que el enfermo llegará a considerar la inyección como la manera de medir el tiempo: «En seis días, me han pinchado treinta y ocho veces, y espero recibir Palabras de Jacques Prévert antes de las otras treinta y ocho que ya me han anunciado para dentro de poco. Con libros, la cosa se hace más llevadera»,34 escribe a su madre el 8 de marzo.

Tratado como delincuente, enfermo y cosido a pinchazos, Francois escribe una decena de cartas a sus padres en tres meses, para pedirles unas gafas o para quejarse del frío, pero sobre todo les pide libros, noticias de sus amigos, todo lo que pueda ayudarle a soportar la soledad y las vejaciones. «Leo, duermo, como, vivo en suma, por tramos de tres horas entre inyección e inyección en el vientre, porque la enfermera ha transformado mis augustas posaderas en doloridos coladores»,35 escribe a su madre el 28 de febrero. Pero ya no le queda otra cosa que compartir con sus padres que no sea una vida estrictamente material hecha de trueques, préstamos y favores. Se encuentra bajo de moral, parece resignado y amargado, como lo muestra esta nota melancólica escrita al día siguiente de su cumpleaños: «Lo único que puedo hacer es dejar pasar el tiempo, unos cuatro o cinco meses en el Centro, antes de que me envíen a una granja o a un centro de formación profesional hasta los dieciocho años o, si no volvéis a admitirme en casa a los dieciocho años y no quiero alistarme en el ejército, hasta los veintiún años».36

Sin embargo, gracias a la complicidad de la psicóloga del establecimiento penitenciario, la señorita Rikkers, Truffaut puede escribir con mayor libertad a su amigo Lachenay. Entonces el tono cambia, es menos sumiso, más tenso, a veces se vuelve furioso contra la represión y la incomprensión. A mediados de enero de 1949, Francois envía a Robert una verdadera carta de despedida, trágica y novelesca al mismo tiempo, que firma como «Francois Jean Vigo»: «También pienso enjean Vigo, con quien me comparabas cuando tosía demasiado o cuando llegaba sin aliento después de haber subido a duras penas los cinco pisos de tu casa; si tengo o llego a tener varios puntos en común con Jean Vigo, moriré, de eso estoy seguro, sin tiempo para hacer un ^éro de conduite. También me

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acuerdo de Raymond Radiguet, pero sé muy bien que no tendré tiempo ni de vivir ni de escribir El diablo en el cuerpo».37 Y terminaba con un patético «sé que voy a morir». En lo más hondo de su desesperanza, Truffaut se aferra a los libros, a las novelas, a las revistas o a los magazines, que le envían su madre, Lachenay, su amigo Claude Thibaudat, o un tal Chenille, antiguo compañero de clase cuyos padres tienen una papelería cerca de la Rué de Navarin.

Entretanto, a principios de febrero, llega el momento del juicio. El asunto se complica porque, según avanzan los interrogatorios, Francois va confesando una serie de robos y de deudas que no constaban en su anterior declaración. Por su parte, Roland Truffaut cancela la mayor parte de las deudas de su hijo, sacrificando una parte de los ahorros que pensaba destinar a una expedición al Kilimanjaro que tiene el proyecto de llevar a cabo en un futuro próximo. Por todos los medios, Roland intenta disuadir a los acreedores de reclamar lo que se les adeuda o de poner una denuncia: «Mi hijo está a disposición de la justicia desde el 8 de diciembre y yo ignoro por completo todo lo concerniente a sus facturas», escribe por ejemplo a L'Ecran franjáis, que le exige el pago de los anuncios encargados por Francois. «Me permito prevenirle contra ese quimérico Cercle Cinémane, fundado a mis espaldas y le quedaría muy agradecido, igualmente, si anulara usted cualquier encargo o demanda de servicios que pudiera proceder de esa denominación. Entiendo que debo volver a prevenirle de que, tras la detención de mi hijo, alguien haya podido utilizar la citada denominación para encargarle algún anuncio.» Pero aunque su compañero de trabajo en Les Eclaireurs de France, Guillard, no denuncia a Francois, todavía queda una espina clavada en su sumario: el proceso instruido tras la denuncia del señor Delatronchette, a propósito del robo de la máquina de escribir. A este respecto, se designa un abogado, Maurice Bertrand, y Francois confiesa. El juez del tribunal del noveno distrito deberá dictar ahora sentencia sobre las deudas reconocidas pero ya canceladas por el padre y sobre los robos confesados por el hijo. Pero el juez será indulgente: Roland Truffaut es condenado a pagar una multa de doce mil francos como responsable de su hijo, el cual deberá ser enviado a un hogar de acogida en cuanto salga de Villejuif, hasta que cumpla la mayoría de edad o consiga su emancipación, con la posibilidad de trabajar a tiempo parcial en el exterior si alguien le ofrece un empleo.

En su encierro, Truffaut halla algún consuelo. Como es culto, incluso afectuoso si se lo propone, algunas de las personas que trabajan en la institución penal y en el estamento judicial se toman interés por él. Raymond Clarys, director del centro de observación de Villejuif, se encariña con el muchacho a pesar de sus despropósitos y le lleva con regularidad periódicos o revistas de cine. Pero la que más le ayuda es la señorita Rikkers, la «spychologue»* como la llamará Antoine Doinel en Los cuatrocientos golpes. La psicóloga se reúne con Francois en numerosas ocasiones para conversar largo y tendido. Su papel será esencial para aliviar el peso del sumario, que al poco tiempo no tendrá nada que ver con la descripción inicial: del «inestable psicomotor de tendencias perversas», se pasa al minucioso retrato de un joven que «detrás de sus reiteradas mentiras» oculta una situación familiar calificada de «traumática» por la psicóloga.38 Esta se encariñará con él hasta el punto de llegar a entrevistarse con sus padres o sus amigos, como Lachenay, para acelerar su puesta en libertad. En marzo de 1949, se pone también en contacto con André Bazin, solicitándole que intervenga en favor del joven. El crítico, que apenas conoce a Francois, acude a una cita a casa de la señorita Rikkers, que vive en París, en la Rué du Pot-de-Fer. Bazin no sólo se ofrece como fiador del joven, sino que se compromete a buscarle un empleo en el seno de la asociación Travail et Culture. La psicóloga acepta, igualmente, tutelar a Francois una vez que haya quedado en libertad. Ante tales avales, el juez, tres meses antes de que concluya el periodo de reclusión, decide enviar a Francois Truffaut a un hogar religioso de Versalles. El 18 de marzo de 1949, el joven de diecisiete años ya se encuentra en régimen de semilibertad.

No miro durante mucho rato al cielo

En la mañana del 18 de marzo de 1949, Francois Truffaut es conducido al hogar Guynemer, situado en la Rué Sainte-Sophie, en Versalles. Se trata de un internado religioso dependiente de la asociación familiar del departamento de Seine-et-Oise en donde reina un régimen severo pero menos opresivo que en el centro de observación de Villejuif. Las hermanas de la parroquia de Notre-Dame hacen el mismo trabajo que los educadores de Villejuif pero dispensan un mejor trato a los internos, aunque

* «Sfychologue» es una creación de Francois Truffaut, en la que se mezclan spy ('espía') y psychologue ('psicóloga'). (N. del 1".)

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el dormitorio, los controles de presencia, los estrictos horarios y el rezo antes de cada comida, no dejarán en el joven un grato recuerdo.

Psicológicamente Francois está todavía marcado por las duras pruebas por las que ha pasado. Da testimonio de ello la redacción que hace a petición del profesor de Lengua de un colegio masculino situado en el boule-vard de la Reine, en Versalles, al que acude a clase. El tema es: «Cuenta la aventura más bonita o la más triste de tu vida». Truffaut la aborda de modo existencia!: su propia vida es la que se ha convertido en una «triste aventura». Truffaut expresa su decepción en un lenguaje sencillo, lógico, sin adornos, desnudo como el muro de una prisión: «Mi vida, o más bien mi trozo de vida, ha sido, hasta hoy, de lo más banal. Nací el 6 de febrero de 1932 y hoy estamos a 21 de marzo de 1949, por lo que tengo diecisiete años, un mes y quince días. He comido casi todos los días, he dormido casi todas las noches, creo que he trabajado demasiado, no he tenido demasiadas satisfacciones ni alegrías. Mis Navidades y mis cumpleaños han sido todos grises y decepcionantes. Tanto la guerra como los estúpidos que la hicieron me son indiferentes. Me gustan las artes y el cine en particular; considero el trabajo como una necesidad, igual que la expulsión de los excrementos y estoy convencido de que quien siente aprecio por el trabajo es que no sabe vivir. No me gustan las aventuras y las he evitado. Tres películas al día, tres libros a la semana, unos discos de buena música bastarían para hacerme feliz hasta la muerte, que llegará un día no lejano y a la que, egoístamente, temo. Mis padres sólo son para mí unos seres humanos a los que el destino convirtió en mi padre y en mi madre; por lo que no son para mí más que unos extraños. No creo en la amistad, tampoco creo en la paz. Intento vivir tranquilo, al margen de todo lo que arma demasiado jaleo. La política me parece sólo una floreciente industria y los políticos unos golfos inteligentes. Esa es toda mi aventura. No es ni alegre ni triste, es mi vida. No miro durante mucho rato al cielo, porque cuando vuelvo la vista al suelo, el mundo me parece horrible».39

Sin embargo, Francois Truffaut está resuelto a luchar y a salir de la situación en la que se encuentra. Procura adaptarse a una vida escolar vigilada, pero su rebeldía pronto acaba saliendo a la superficie. A principios de agosto, le castigan por haber «organizado un alboroto y haber arrastrado con él a tres compañeros más jóvenes». Cristales rotos, profesores insultados... El 13 de septiembre de 1949, el director del hogar escribe a Roland Truffaut para decirle que su hijo «ejerce una influencia nefasta sobre los demás» y que por ello se ve obligado a expulsarlo.40 Roland Truffaut firma el 17 de septiembre un cheque de diecinueve mil ochocientos sesenta francos por los destrozos, las deudas acumuladas y la pensión del hogar. ¡La conquista del Kilimanjaro se aplaza de nuevo!

En medio de una gran tensión, su regreso a casa va a precipitar la ruptura con su madre. Franfois la responsabiliza directamente de todos sus males, mientras alaba, por el contrario, la comprensión y la confianza de Roland. Es cierto que Janine Truffaut iba pocas veces a verle a Villejuif o a Versalles y que no se quedaba con él mucho rato, haciéndole ver así que se trataba de visitas puramente formales, pero Roland nunca fue a verle. Toda la paradoja familiar está ahí, con los papeles simbólicos cambiados: el descubrimiento de su verdadera filiación, en vez de alejarle de un padre de recambio, acerca al joven Truffaut a un hombre que en el fondo le parece bueno aunque débil, si bien, él achaca esa debilidad a que Roland está demasiado enamorado de su mujer. Y es a esa madre, odiada desde ese momento, a la que guarda rencor. Franfois se confía a Roland, de manera íntima, cuando le escribe el 2 de abril de 1949: «Querido papá, si te cuento mis problemas es porque, al contrario de lo que piensas, sólo confío en ti. El descubrimiento de mi filiación no me alejó de ti, como tú crees. Me alejó de mamá y me acercó a ti. En efecto, antes de saber la verdad, yo sospechaba que había algo de irregular en mi situación familiar y pensaba incluso que si tú no eras mi verdadero padre, mamá tampoco era mi verdadera madre. Hace mucho tiempo que lo pensaba porque tu comportamiento y el de mamá me confirmaban esa impresión. Por eso, sentí pánico cuando supe que era al revés. Pero, moralmente, tú eres un verdadero padre y mamá una madrastra. No lo es en realidad, es cierto, pero tampoco es una madre... En mi nueva vida, quiero hacer de ti mi confidente y contarte todos mis problemas».41

Roland Truffaut no puede evitar enseñarle la carta a su mujer. Francois se siente traicionado. Su estrategia de división acrecienta la hostilidad de Janine. Esta decide contraatacar tocando su fibra más sensible: la culpa la tiene Robert Lachenay, el «genio maligno» que ha llevado a su hijo por el mal camino de los novillos, de la irresponsabilidad financiera, del desenfreno, en suma. En efecto, Janine mantiene que Robert no sólo había llevado a Francois a los burdeles sino que, por iniciativa suya, los dos chicos habrían mantenido supuestamente relaciones homosexuales, «algo que, sin lugar a dudas, quedaría demostrado de llevarse a cabo un análisisis médico y una

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investigación del germen de la sífilis»,42 le escribe malévolamente. Profundamente ofendido por esa acusación, Francois se defiende como puede, aboga por su plena conciencia y su madurez y luego replica con el contraanálisis médico: «Pienso adelantar la investigación médica», escribe a sus padres el 27 de marzo de 1949, «solicitando expresamente a la señorita Rikkers que le hagan un reconocimiento médico a Robert Lachenay, a fin de eliminar cualquier sombra de duda acerca de esta cuestión. Respecto a Robert, tengo que deciros, por otra parte, que tenéis una imagen falsa de él. Es un muchacho mucho más escrupuloso que yo, que no habría sido capaz de hacer ni la mitad de las cosas que yo he hecho. Además, ha sido un verdadero amigo, porque no dudó en vender, por el cine-club y por mis deudas, una colección encuadernada de la obra completa de Buffon y muchos otros libros más».43 Este intercambio de golpes que transluce una sospecha de traición, de odio y unas acusaciones calumniosas, provocan una ruptura casi definitiva entre Francois y sus padres. El joven anhela lograr ya su libertad completa. Y la consigue un año más tarde, el 10 de marzo de 1950, un mes después de su dieciocho cumpleaños. Roland Truffaut firma una declaración concediéndole la emancipación.44 Liberado de la tutela paterna, Francois es libre. Pero esa libertad ha sido edificada sobre un trauma familiar que le marcará para siempre, dejando entrever, a veces de modo violento, sus consecuencias en el futuro.

Sin dinero, sin ropa y con los zapatos «sistemáticamente agujereados», su libertad es bastante relativa. Vive en un internado, en Versalles. Pero los jueves y los domingos puede coger prestada la bicicleta del jardinero del hogar y llegar a París en una hora: «Hacía bueno y yo iba como un loco», escribe en abril de 1949 a Lachenay. «He ido a ver a Madame Duminy y a Claude Thibaudat a la Rué des Martyrs. A medida que me acercaba a la casa, que no había vuelto a ver desde hacía cuatro meses, me imaginaba una fría acogida y algunos reproches, por eso, al llegar a la Place Pigaüe, seguí recto por los bulevares y se me ocurrió ir a ver a un amigo ayudante de dirección que vive en La Chapelle. A instancias de su madre me quedé a comer con ellos y por la tarde dejé la bici en su casa y nos fuimos a la Rué des Beaux-Arts a ver a Bazin a Travail et Culture. Me ayudó a redactar una carta para Jacques Becker. Ya he empezado a buscar trabajo. Por su parte, la señorita Rikkers, la psicóloga con quien me reúno en su casa todos los domingos, también está ocupándose de ello.»45 París ya es suyo otra vez... La pequeña soáedad ánéfila

Aprovechando sus momentos de libertad, Francois Truffaut reanuda su relación con el cine. En Versalles, ayuda al abad Yves Renaud, profesor de Lengua, cinefilo y amigo de André Bazin, a confeccionar el programa del cine-club del externado. Por su parte, Bazin no olvida la promesa de buscar un trabajo a su joven protegido. Este se convierte en su «secretario particular» en Travail et Culture; es un trabajo poco remunerado, unos tres mil francos al mes, pero que ayuda a convencer al juez para autorizar a Francois a que lleve una vida independiente en París. Para vivir plenamente «su nueva vida», lo primero es buscar una habitación donde alojarse. Ya ha sufrido bastante en Villejuif y en Versalles como para pensar en regresar allí; «prefiere vivir con doscientos francos al día, apretándose el cinturón»,46 como escribe a su padre. Roland le advierte muy en serio de que, a la mínima deuda o a la mínima queja, «le meterá entre rejas, sin remordimiento alguno»,47 pero consiente en hacer un último esfuerzo. A partir del 16 de septiembre de 1949, le alquila una habitación en el quinto piso de un edificio situado en la Rué des Martyrs por mil quinientos francos mensuales.

Gracias a André Bazin, Francois acude con asiduidad al cine-club Objectif 49, punto de encuentro de artistas, escritores, estudiantes y críticos parisienses. Fundado por los paladines de la nouvelk critique, es decir, Bazin, Astruc, Kast, Doniol-Valcroce, Bourgeois, Tacchella y Claude Mauriac, que se benefician del padrinazgo de cineastas y escritores como Jean Cocteau, Robert Bresson, Rene Clément, Jean Grémillon, Raymond Quéneau y Roger Leenhardt, Objectif49 sólo proyecta películas inéditas para sus socios. Club bastante cerrado (esos «snobs»48 a los que denuncia el cineasta comunista Louis Daquin en L'Ecran franjáis), pero muy influyente, Objectif 49 es presentado con ocasión de un gran estreno de Les Parents terribles de Jean Cocteau, en el cine-estudio de los Campos Elíseos. Cocteau aporta un aval tan literario como prestigioso y desempeña un papel fundamental para aunar voluntades e iniciativas. Allí, en los locales de Objectif 49, es donde Truffaut se cruza por vez primera con Jean Cocteau.